Una familia muy especial

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Mi primo pequeño es muy pequeño. Se llama Lucas y vive lejos de nosotros. Por eso no viene casi nunca. La única vez que lo vimos, Lucas era sólo un bebé que no podía hablar y casi ni andaba, así que era un rollo jugar con él. Ahora ya tiene cuatro años, así que se puede decir que es todavía un crío, pero con cuatro años… lo mismo ya puede jugar a fútbol. Como es el primo pequeño, todos tenemos muchas ganas de verlo otra vez.

Porque es el cumple de la abuela Elvira, está todo listo ¡y sólo faltan ellos!

Cuando Lucas llega, estamos todos juntos esperándolo:

-Hola, Lucas. Bienvenido.

Todos queremos abrazarlo y darle besos. Todos gritamos cosas:

-Es tan mono…

-Es tan gracioso…

-Mira qué mofletes…

Y cuando mi madre le intenta dar un beso, Lucas se pone a gritar, se tira al suelo y no quiere mirar a nadie. Entonces mi madre le toca la espalda, y … aun es peor. Lucas grita NOOOOOOOO y se tapa la cara. Su padre lo abraza y nos dice:

-Dejadle, por favor, a veces le molesta la gente.

Lo que no sabe su papá, es que a Lucas las caricias a veces le gustan mucho, pero a veces le hacen muchísimo daño. Es como si le pegaran muy muy fuerte, y a nadie le gusta que le peguen, ¿a que no?

-¿Qué le pasa?- preguntamos mi hermana Amalia y yo.

-Tanta gente lo agobia y se pone nervioso- explica su papá. –Tiene autismo.

-Ah- decimos, aunque no tenemos ni idea de qué es eso. A lo mejor lo entendemos si jugamos con él e intentamos conocerlo mejor.

Después de un rato, Lucas vuelve a estar de buen humor. Quizás quiere jugar ya con nosotros. Pero pasa de largo sin mirarnos. Todos nos giramos y vemos que va hacia la puerta de la terraza, y empieza a mover las manos, dar saltitos y a reírse.

-¿De qué te ríes, Lucas?- pregunto.

-Lucas, ¿de qué te ríes? ¿no oyes?- le pregunta mi hermana Amalia .

Entonces me acerco mucho a él y le digo:

-Lucas, ¿quieres jugar a fútbol con nosotros?

Lucas no contesta y sigue pegado al cristal, así que todos salimos al jardín para jugar un partido. De repente, Lucas llega corriendo, toma el balón y lo chuta tan fuerte que pasa por encima de la valla y se cae en el estanque.

-Oh, Lucas. Nooooooooo.

Empieza a correr en círculos gritando NOOOOOOOOOOOO y moviendo las manos. Parece un pájaro, es especial y es pequeño. Pero ha perdido el balón, y estoy muy enfadado, ¿y ahora a qué vamos a jugar toda la tarde? Vaya rollo.

-Lucas, ¿qué haces? ¿No sabes jugar a fútbol?

Lucas se pone a llorar porque no entiende por qué se han enfadado los demás. ¿Qué ha hecho mal? Él creía que tenía que chutar el balón y se ha esforzado en hacerlo lo mejor que puede. A Lucas le cuesta a menudo entender qué esperan los otros de él, pero como le gusta tanto jugar con chicos, siempre mira qué hacen e intenta copiarlo. A veces no le sale, pero como ya está acostumbrado, en seguida deja de llorar y se pone a jugar solo. A él le gustaría que le explicaran antes qué tiene que hacer.

Llega la hora de comer. Lucas ordena los cubiertos, el vaso, se pone la servilleta en las rodillas, lo desordena todo, y vuelve a ordenarlo una y otra vez. A Lucas no le gusta comer casi nada, y retira el plato con zanahorias. Su mamá nos cuenta que nunca come nada naranja, le molesta el color, dice. Pero se come todas las patatas: todo un plato con patatas fritas, pero qué cara dura… Qué suerte, yo odio las cosas verdes, pero mis padres me obligan a comérmelo todo. Cuando acabamos, los mayores recogen los platos, y de repente viene la abuela con las natillas. ¡Son las mejores natillas del mundo!

-¿Quién quiere postre?- pregunta.

Y de repente, Lucas se pone en pie y grita:

-Postre, postre, postretreterete, quién quiere postre.

En un periquete le quita la bandeja con las natillas de las manos, y aunque todos dicen NOOOOOOO, él la carga con muchísima fuerza. Entonces se lanzan mi papá y el abuelo sobre él para quitársela, y Lucas se pone a gritar. Forcejean todos juntos y, qué mala suerte, las natillas se caen: CHOF.

Lucas se tira al suelo y se pone a llorar, pero su mamá se pone a su lado, y le dice muy bajito:

-Lucas, no pasa nada.

Cuando se tranquiliza después de un rato, su mamá nos mira a los demás y nos dice:

-Lucas me ayuda siempre a llevar el postre a la mesa, y os quería ayudar. Si lo dejáis solito, veréis que no pasa nada. Tenéis que confiar en él: tiene mucho pulso, hay muchas cosas que Lucas sabe hacer muy bien.

¡Afortunadamente queda la tarta de cumpleaños!

Lucas está feliz, porque le han dejado llevar la tarta a la mesa y no se le ha caído. Y encima las velas estaban encendidas y las llamitas bailaban todas juntas y olía riquísimo. Lucas ha soplado con su abuela, y entre los dos, las han apagados todas. Además está feliz porque le encanta el chocolate. Bueno, no sólo le gusta a él. ¿A quién no le gusta el chocolate con lo bueno que está?

Cuando nos aburrimos, los mayores siempre nos proponen cosas tan fascinantes como dibujar o hacer un puzzle que ya hemos hecho mil veces. No hay que ser muy listo para darse cuenta de que lo único que quieren es que les dejemos en paz. Ellos hablan de sus cosas aburridas como el tiempo, la comida o la política, y nosotros pintamos cosas que acaban en el cubo de la basura. Así pasa esta tarde. En la sobremesa, se ponen a hablar de sus cosas, y entonces yo pregunto:

– ¿Podemos ver la tele?

Y ellos me contestan:

-No, mejor haced un dibujo.

Estamos a punto de protestar, pero vemos que Lucas coge su mochila, y saca un estuche lleno de lápices de colores y un montón de hojas. Bueno, ya que es el primo pequeño, habrá que seguirle el rollo.

Yo me pongo a pintar un coche, mi hermana una casita, Luis un tigre, y Lucas una especie de mar con peces y tantos rayotes que no se ve prácticamente nada. Vaya chapuza, y tanto entusiasmo para eso.

Cuando acabo, veo que él mira su dibujo y se ríe a carcajadas.

-¿De qué te ríes?- le pregunto.

-¿Dónde está la A?- me contesta.

Ya me estoy empezando a acostumbrar a que me responda cosas que no tienen nada que ver, pero esta vez me concentro en su dibujo. Me cuesta un poquito, porque solo veo un batiburrillo de colores, peces, olas, caballitos de mar y otras cosas con el estilo de un crío de cuatro años. Nada más. Y entonces él me toma la mano, y me hace señalar con el índice un cangrejo, una parte del cangrejo, y sí: es una A.

-Anda, una A roja.

Me pregunto cómo sabrá escribir una A siendo tan pequeño y hablando tan poquito.

Él le hace un círculo negro encima y dice muy orgulloso:

-Es una A.

Y entonces él les pregunta a los demás que dónde está la B, la U, la E, la L y otra A amarilla. Las letras están escondidas por todo el dibujo, pero en el orden de:

-ABUELA- lee en voz alta. Y escribe encima de todo un 70 verde.

Y se ríe, y nosotros también.

Mi madre pasa por nuestro lado y nos dice:

-Veis, si dibujar es tan divertido, y qué bonito os ha quedado todo. Un coche, una casita, un tigre y un…. ¿qué es eso, Lucas?

Lucas no contesta, pero le sonríe como si supiera mucho más que ella. Y nosotros nos reímos, porque, ahora mismo, sabemos nosotros mucho más que los mayores con sus aburridas conversaciones de sobremesa.

Lucas se divierte dibujando cosas que para él tienen un sentido, y las letras y los números le resultan un mundo fascinante en el que se siente cómodo porque los entiende y le dan pocas sorpresas. Seguramente en eso os llevará ventaja, así que, si le dais la oportunidad, os va a poder enseñar cosas, hasta a divertiros con cosas que antes no habríais imaginado que eran tan divertidas.

Después de un rato, Lucas me toca en el hombro y me grita:

-¡Pillas!

-¿Te pillo?- le pregunto, y como me sonríe, voy corriendo detrás. Cuando lo alcanzo, le digo: -Ahora tú me pillas a mí.

Me pongo a correr en la otra dirección, y me escondo. Jugamos un rato, y es divertido. Por fin podemos jugar a algo juntos. De repente me escondo detrás de una silla, y Lucas pasa corriendo por mi lado y no me ve. Estoy tan orgulloso de haberme escondido tan bien, siento que me he hecho invisible. Creo que tengo súper-poderes: tendré que intentarlo también en el cole: cuestión de concentración. Al cabo de un rato, Lucas se me lanza encima riéndose. Me lo estoy pasando en grande, como si tuviera burbujitas en el estómago. ¿Será parte de los superpoderes por haberme hecho invisible? Lucas me enseña algo que lleva entre los dedos: es la rueda de mi coche de carreras, que había perdido hacía horas.

-Gracias, Lucas.

-Gracias- me contesta. Pero yo sé que me quiere decir “de nada”.

Lucas a veces se concentra tanto en las cosas pequeñas, que no se da cuenta de las cosas grandes. A lo mejor, en vez de ver el sofá, es capaz de fijarse en que hay una ruedita junto a la pata trasera. A lo mejor, en vez de ver a su primo que se esconde, se da cuenta de que no se ha subido la cremallera del pantalón después de ir al baño y se le ven los calzoncillos. A lo mejor, en vez de ver un campo verde, es capaz de fijarse sobre todo en una mariquita que está subida en una flor bien lejos.

De repente, Lucas mira intranquilo su reloj digital. Ya marca las 17.50, así que grita:

-Adiós, adiós, a casa. Ya casi casi casi dieciocho dos puntitos cero cero. Mamá, papá, a casa.

Y se ha puesto la chaqueta solito en un plis plas. Todos nos empezamos a dar besos y abrazos. Y el tiempo pasa y siguen sin irse. Lucas ya está tan impaciente que se pone a gritar.

En su reloj ya aparecen el 18:02. Su papá le dijo, al darle el reloj, que se irían a las 18:00, pero si han pasado ya las 18:00, Lucas siente que tienen un problema. ¿Y si tienen que esperar que el reloj vuelva a marcar las 18:00? Porque, después de 18:02, tienen que venir muchísimos números hasta volver a ser 18:00… ¿Y si el coche no está ya? ¿Y si sus padres cambian de opinión y lo dejan solo? De repente, le da tanto miedo que se pone a gritar y a gritar, y su papá lo toma en brazos. La abuela le da un beso en la nariz y cierra la puerta.

-¿Cuándo iremos a verlo?- pregunto yo, que quiero reactivar mis súperpoderes.

-¿Cuándo volverá para esconder letras en dibujos?- pregunta Amalia, que nunca había disfrutado tanto dibujando porque, y que quede entre nosotros, se le da fatal.

Mientras van en coche, Lucas está pensando en todo lo que ha vivido hoy en casa de sus abuelos, y como tiene tanta memoria, es capaz de recordar miles de detalles. Es como si Lucas tuviera una película en la cabeza, y pudiera verla todas las veces que quisiera. Es genial, porque siempre descubre cosas nuevas. Mejor que ir al cine. Cuando Lucas aprenda a hablar un poquito mejor, podrá recordarles muchísimas cosas que los demás habrán olvidado, y sin equivocarse.

Pero, para eso, aun falta un poquito de tiempo, dice mi mamá. Mientras tanto, tendremos que seguir jugando con él, enseñándole palabras y siendo su amigo, para que pueda contarnos un día todo todo todo lo que ha pasado hoy, en la fiesta del cumple de mi abuela, y activar nuestros súper-poderes, pienso yo. Y esto es lo que ha pasado en la reunión de esta familia muy especial. Pero, ¿qué familia no es especial?

Extracto del cuento, Lucas tiene superpoderes, disponible aquí.

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