Cuando el desarrollo del niño no sigue el curso esperado, se inicia un largo recorrido hacia el diagnóstico

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Marcela Romero Delgado – La llegada de un hijo produce en la familia cambios importantes, los cuales obligan a los padres y hermanos a adoptar nuevas rutinas. Adaptar el entorno familiar y adecuar la casa para un pequeño que correteará de un lado para el otro, cantará, hablará, jugará y exigirá la mayor atención posible. Los padres por su parte, estarán a la expectativa de los progresos y logros de su pequeño, los hermanos soñarán con el día en que participe de sus juegos y aventuras, y por supuesto, los abuelos se sienten los seres más complacidos por tener de nuevo en casa un pequeño que les llena de vida y de ternura.

Pero ¿Qué pasa cuando el desarrollo del niño no sigue el curso esperado y empiezan a aparecer señales que indican que por alguna razón algo no va bien? El niño o la niña que ya ha cumplido dos años, aún no dice ninguna palabra, y tanto los adultos como los demás niños no consiguen descifrar el código de comunicación del pequeño, aparecen también, algunos comportamientos no esperados, rabietas que se hacen cada vez más intensas, a pesar de haber agotado todas las estrategias para mejorar su conducta. Los padres empiezan a notar que cuando van al parque su hijo no disfruta como los demás niños, no se interesa por acercarse a ellos, por el contrario juega solo, recoge y colecciona pequeñas cosas que encuentra en el suelo, y a veces parece como si se emocionara observando los detalles de los objetos que tiene a su alcance, e incluso en algunas ocasiones hace una serie de movimientos extraños con sus manos, o de repente, sonríe sin que haya nadie delante y cuando se le llama por su nombre, está totalmente absorto en sus pensamientos y parece no escuchar la voz de quien le llama.

Es entonces, cuando los padres empiezan a preguntarse ¿Qué le pasa a mi hijo, por qué se comporta de esa manera? ¿Por qué es tan listo para algunas cosas pero no consigue hacer otras tareas por sencillas que estas sean? ¿Será que no escucha bien? ¿Será que no le hemos dedicado suficiente tiempo?, ¿Será que tiene mucho carácter?… en fin, estas preguntas y numerosas más no paran de rondar el pensamiento de muchos padres y madres antes, durante y después de tomar la decisión de consultarlo con el pediatra.

A partir de este momento, algunas familias acuden a los servicios sanitarios y son persistentes para que se le realicen a su hijo todas las pruebas necesarias para encontrar la respuesta al comportamiento del pequeño. Estas pruebas, llamadas por los especialistas como: Neurofisiológicas, genéticas, y neuropsicológicas, las solicitan, cada uno por su parte, el neuropediatra y el neuropsicólogo clínico. Porque serán los resultados de todo este estudio, los que permitan dar el primer paso para descartar o confirmar si el niño presenta un trastorno del desarrollo y si es el caso de qué tipo. Pero sobre todo, le permitirán al niño iniciar un tratamiento oportuno, que le favorezca para crecer e integrarse en los distintos contextos de su entorno familiar, escolar y social.

Cuando se habla de un trastorno del desarrollo, este puede ser desde un retraso específico del lenguaje, un trastorno de conducta, un trastorno de atención, un retraso en sus funciones cognitivas, un trastorno del espectro autista, un retraso psicomotor, o una patología de origen genético. Todos ellos, requieren atención, tratamiento, comprensión y lo más importante aceptación de la familia y personas cercanas al pequeño.

Como se comentaba anteriormente, el nacimiento de un niño con un trastorno en su desarrollo, implica un proceso de cambio que implica a toda la familia. Pero, tener en casa a un pequeño que requiere una atención especial, es un proceso aún más exigente, más duro, por así decirlo, para la familia que lo enfrenta. Por tanto, será la capacidad de comprensión, de unión, de compañerismo, de implicación, de madurez y de aceptación, lo que garantice una agradable convivencia. Porque tener un hijo con algún tipo de dificultad, no es renunciar a las expectativas que se habían planteado cuando el pequeño era aún un bebé, por el contrario, es asumir un estilo propio de vida adaptado a las necesidades del pequeño y en concordancia con los intereses y necesidades de toda la familia. Pero hay algo que también es de suma importancia en el proceso de aceptación, y es que cualquier familia, sin importar la raza, o el nivel socio-económico que tenga, puede estar en esta situación.

Para cerrar este primer acercamiento hacia lo que implica tener un hijo con un trastorno del desarrollo, es preciso tener claro que es imprescindible prestar atención y darle importancia al comportamiento del niño durante los primeros años de vida, para poder actuar oportunamente y ofrecerle la mejor atención y cuidados necesarios en los distintos aspectos de su vida.

Y por último para centrar la atención temprana, detección y diagnóstico diferencial que debe realizarse en el caso de los niños con un Trastorno Generalizado del Desarrollo, será preciso contar con profesionales especializados en neuropsicología infantil, psicología clínica infantil y Trastornos del Espectro Autista. Ellos, junto con las herramientas necesarias para la evaluación precoz y abarcando la áreas principales que se ven implicadas en el proceso evolutivo, podrán, en compañía de un equipo interdisciplinario compuesto por pediatras, neuropediatras, psicólogos y neuropsicólogos, realizar un acercamiento a la valoración diagnóstica de este tipo de trastornos. Pero, cabe anotar que una buena evaluación no debe dejar de lado pruebas estandarizadas y de neuroimagen que permitan entender con mayor precisión el nivel de afectación y las habilidades preservadas en el niño; para esto, desde la neuroimagen nos ofrecen la Resonancia Magnética cerebral funcional, recientemente incorporada para el diagnóstico infantil y en la cual los neuropsicólogos tenemos muy buenas expectativas.

Más adelante, comentaremos de forma más detallada el proceso de evaluación neuropsicológica infantil para niños con Trastornos del Espectro Autista, especificando el tipo de pruebas, las áreas a evaluar, así como dónde, cuándo, cómo y quién debe realizarlas.

 

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