Diagnóstico: Asperger. El “Arca Perdida” de los no diagnosticados

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El intrépido Indiana Jones se adentra en la peligrosa jungla social, que no da tregua a quienes, como él, sean forasteros de la tierra de las convenciones sociales. Intenta descifrar los confusos mapas de sus gestos y dobles sentidos, pero no lo logra y no encuentra guías que lo acompañen en su búsqueda. Se enfrenta al despiadado bullying, sortea las trampas que le tienden sus implacables desórdenes sensoriales. Huye de su gigantesca ansiedad que lo persigue y amenaza con aplastar todo a su paso, y que lo expulsa cada vez más y más afuera de todo contacto social, para terminar replegándose cada vez más y más adentro de sí mismo.

Pero… ¡a no perder las esperanzas que el filme continúa! Nuestro héroe desea continuar con su aventura, en busca de la respuesta que le dé sentido a toda ésta travesía, su Arca perdida, su diagnóstico. Y allí es cuando se topa con un majestuoso profesional de la salud que le explica que lo importante no es saber si realmente existe un Arca Perdida y en dónde se localiza, sino que lo verdaderamente importante, es que Indiana encuentre dentro suyo el porqué de su búsqueda y de su necesidad de encontrar respuesta que lo terminará «etiquetando». Así que, la siguiente hora y media de película se tratará del interesante viaje al inconsciente de Indy. Fin de la película. Y… ¡fin de la carrera de Steven Spielberg!

Un adulto con Asperger que ha pasado toda su vida sin diagnóstico, se ha enfrentado a bullying, ha vivido la incertidumbre de no terminar de comprender y de sentirse comprendido; probablemente ha experimentado altas dosis de ansiedad durante toda su vida, de incertidumbre, de ver cómo las personas que ama sienten que no responde afectivamente de la manera que ellos esperan.

Y la búsqueda. La incansable búsqueda de la respuesta que dé sentido a todo eso, y a su vida.

¿Quién podría pensar que, ante ésta situación, es mejor omitir el diagnóstico y que la persona no sepa que su personalidad diferente tiene un motivo de ser? Sólo alguien que no lo vivió.

Con esto quiero referirme a quienes creen que revelarle un diagnóstico  a un adulto es algo negativo.

Hasta el momento no he conocido personas que hayan sido diagnosticadas como Asperger en la edad adulta, que sientan que para ellas sería mejor no saber, por el contrario. Por algo llegaron al diagnóstico, es decir, hubo una búsqueda muy específica de por medio; no es que un día uno vaya a hacer las compras y de casualidad el almacenero nos dé cien gramos de queso, cien de longaniza y la premonición de nuestro diagnóstico. No, vamos especialmente a un profesional porque necesitamos tener respuestas.

Por parte de algunos profesionales está la creencia de que el diagnóstico es algo que la persona no podrá «manejar», y prefieren guardarse su conclusión o sus sospechas para ellos mismos, y al consultante intentar ayudarlo sin desvelarle el gran secreto de su vida. Si bien el profesional seguramente piense esto con la mejor de las intenciones, me recuerda al dicho que dice «como mono con navaja», haciendo alusión a la incapacidad de una persona para manejar algún objeto o situación adecuadamente, y el peligro que esto conlleva. No señores, no somos monos con navaja: somos adultos intentando comprendernos y sentirnos comprendidos.

Esto no es una crítica a las terapias ni a lo que los profesionales de la salud tienen para aportarnos a las personas que hemos transitado la vida con cierto grado de incertidumbre, ni a lo que contribuyen con las Condiciones del Espectro del Autismo particularmente; pero creo que hay que dejar de lado los discursos paternalistas y reconocer nuestra auténtica potestad sobre toda información referida a nuestra realidad. Nada sobre nosotros sin nosotros.

No sólo creo que es nuestro derecho saber, sino también es nuestro derecho decidir qué hacemos con el conocimiento, aunque la respuesta fuera «ser más Asperger que antes», si así lo sentimos. ¿A qué me refiero con esto? A lo que a veces desde afuera puede ser visto como una «instalación en el diagnóstico», pero que para la persona puede llegar a ser un «me empiezo a animar a mostrarme como soy». Si les dijera que viví toda mi vida caminando descalza sobre un camino espinoso, y que al empezar a comprenderme y mostrarme como siempre oculté ser, de repente siento que camino sobre pavimento firme, ¿me juzgarían por instalarme en ese camino? ¿Me juzgarían si les dijera que antes tomaba ansiolíticos, antidepresivos y anticonvulsivos para tratar la ansiedad, la depresión y los cambios de humor; y que desde que no intento ajustar mi imagen a lo que espera el resto, no necesito ninguna de esas medicaciones y soy feliz?

El diagnóstico puede ser patologizante, teniendo en cuenta que estamos condicionados a que lo emita un profesional de la salud, y que la ausencia de información durante años probablemente nos haya llevado a pasar nuestro recorrido por las relaciones interpersonales a los porrazos, con los correspondientes traumas psicológicos que eso podría acarrear. Pero, el reconocerse como neuro-diverso, no necesariamente tiene que significar un sentirse «fallado», por el contrario, debería ayudarnos a reparar esa imagen de nosotros mismos.

Es necesario un cambio de mentalidad, un cambio de «canal».

Si la sociedad no está preparada para la diversidad, lo que hay que hacer, no es negar su existencia, sino cambiar la sociedad.

Entonces…; Cerebro, ¿qué vamos a hacer ésta noche?

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