Autismo, un diagnóstico manoseado

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Cuando una persona afirma que su hijo o él mismo, se encuentra dentro del trastorno del espectro del autismo (TEA), nunca falta quienes se sienten en derecho y conocimiento de opinar al respecto, más específicamente, de juzgar la veracidad del diagnóstico. 

Vale decir que, como no existen estudios anatómicos para saber si una persona se encuentra dentro del TEA, el diagnóstico se realiza mediante un conjunto de test específicos, realizado por profesionales capacitados en el tema.

Existe un arsenal de justificaciones de lo más disparatadas que se utilizan para cuestionar dichos diagnósticos. Si es un niño, se dirá que habla, que sonríe, que parece “despierto”. Y si la persona es adulta, mayores serán los cuestionamientos: que puede dialogar, que hace tal o cual actividad social, que si tiene una familia, que si tiene una profesión, y que si un día embocó una pelota en un aro de básquet.

Eso me hace pensar: ¿qué idea tenemos, como sociedad, de lo que es una persona con autismo? Creo que la respuesta es: persona limitada, incapaz de desarrollarse a nivel social, ni sentimental, ni profesional.

Bueno, entonces estamos viendo todo con los lentes equivocados.

El TEA es muy amplio, y dentro de él encontraremos diferentes tipos de dificultades y de habilidades. Y los que se encuentran en el grupo de “alto funcionamiento”, probablemente puedan hacer lo mismo que cualquier otra persona, solo que con su propia manera de pensar, de procesar los estímulos sensoriales, y sus emociones. Y como nadie tiene la capacidad de ver dentro de la cabeza del otro para ver cómo percibe el mundo, difícilmente alguien pueda juzgar si la otra persona lo percibe de manera neuro-típica o neuro-atípica.

El problema es que entendemos el diagnóstico como una etiqueta negativa, cuando no necesariamente lo es, e inclusive, la persona lo puede llegar a vivir como un descubrimiento positivo, luego de una larga y agotadora búsqueda.

Para los padres el diagnóstico de su hijo puede ser una herramienta para aprender sobre él. Y para una persona adulta, que vivió toda su vida sintiéndose que no encajaba, que le “faltaban piezas”, que había algo en su persona que no estaba bien, puede llegar a ser liberador, ser un medio para entenderse a sí misma, para generar recursos y estrategias. Puede ser la puerta para reconciliarse consigo misma, y descubrir que nada de lo que experimentó durante toda su vida era producto de no esforzarse lo suficiente, y también una oportunidad para conocer a otras personas de su misma condición.

Por eso sostengo que cuestionar un diagnóstico, sin realizar ningún tipo de estudio específico, es poco serio. Y que opinar sin conocimiento, y sin que nadie nos haya invitado a hacerlo, no solo que no ayuda en nada a la otra persona, sino que solo le hará sentir que tiene una persona menos con quien contar y hablar al respecto.
Así que, si en vez de creer que cuando alguien nos cuenta un diagnóstico, debemos hablar y dar nuestra opinión y observaciones al respecto… ¿qué tal si empezamos a preguntarle cómo se siente, como lo vive?

Tal vez, si dejamos de querer que el otro nos escuche, y en su lugar escuchamos, resultemos aprendiendo algo, y hasta terminemos siendo de ayuda para la otra persona.

Acerca de la autora:

Analia Infante

La Plata, Buenos Aires, Argentina.

Adulta con Asperger, madre de un niño también dentro del espectro del autismo.

Escritora de cuentos, relatos y artículos.

Administradora de la página “Maternidad Atipica

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